No puedo parar de comerlas, están ahi, en su bote, ellas solas, saladitas y redonditas sin que nadie las quiera. Me llaman, me atraen, mi mano va sola a coger una aunque no quiera… la sal se pega a mis dedos y el sabor a masa recorre mi paladar cuando la estoy tragando.

Creo que es uno de mis grandes vicios, menos mal que mi madre no las compra muy a menudo, y yo hago todo lo que puedo por evitarlas. Pero mañana hay un examen y me merezco un capricho… o no.