El otro día, haciendo zapping, me encontré con un concierto de Melendi. No estoy seguro pero creo que era en el concierto de los principales solidarios, ese concierto que hacen los 40 principales todos los años por estas fechas para, supuestamente, recaudar fondos para el tercer mundo (y de paso desgravar impuestos y generarse buena fama, como no).

Vestido con una camiseta de tiras, luciendo sus tatuajes, Melendi se paseaba por todo el escenario cantando uno de sus últimos singles, que todos los que salimos por la noche nos sabemos de memoria gracias a la originalidad de los locales. Y digo cantaba (así en cursiva) porque eso no se podía llamar cantar. Puedo comprender que en un concierto estés exaltado, cansado de bailar y de ir arriba y abajo y que un par de notas o la afinación pueden tomarse las de Villadiego, pero esto era tremendamente exagerado.

A muchos no les sorprenderá si digo que no llevaba el tono en los 5 minutos que lo vi. En esos mismos, pude contar como unos 7 gallos y la voz no se parece, para nada, al single que todos escuchamos. No voy a hacer juicios de cómo pudo llegar a tener éxito, ni cómo hay gente que dice que sus letras son muy buenas y que se identifica con ellas (serán narcotraficantes o drogadictos), pero la verdad es que me pone de mal humor ver como artistas que tienen buena voz, que componen sus canciones, se quedan en la estacada porque individuos como este, por tener un par de tatuajes, llevar rastas y cantar una música que estuvo medio de moda están ahi, ganando dinero a mansalva para meterse rayas de coca por un tubo.

Sé que me arriesgo bastante hablando de este tema dado que San Google suele traer visitas extrañas, no relacionadas con el mundo de los blogs. Sé que tendré que cerrar los comentarios de esta entrada en algún momento, pero tenía que soltarlo.