Desde que empecé a estudiar en la Universidad (hace 4 años ya, como pasa el tiempo) en Vigo conocí a mucha gente, de todos los cursos, de diferentes carreras e incluso gente que no es universitaria pero viven en Vigo. Muchos de ellos fueron ganándose un huequito en mi corazón (oh que bonito) y ahora son mis amigos, por lo que tengo un grupo bastante nutrido de amigos que andan por tierras portuguesas viguesas y que los veo cuando voy a clase.

Con esos amigos de Vigo me comporto… digamos, de una manera diferente a como me comporto en Pontevedra. No es que sea diferente a como soy yo, ya que no es cierto, pero por cómo son de diferentes mis amigos de Pontevedra y los de Vigo, digamos que me tengo que comportar de manera algo diferente, tengo que cambiar el chip, es decir, no puedo hacer determinadas cosas que hago con los de Pontevedra y viceversa dado que unos y otros no están abiertos a determinados temas o a actuar de determinada manera.

Muchas veces me ocurre que por cosas del destino el chip no se me cambia al llegar a un lugar y hago alguna cosa que no está bien vista por mi yo de ese lugar y muchos se me quedan mirando con cara extraña, quizás pensando “Me han cambiado a Manuel” o “¿Qué se habrá tomado esta mañana este?”. Son situaciones curiosas en las que meto la pata, y me ha pasado más de una vez.

Son cosas que pasan cuando vives a caballo entre dos ciudades. A veces me pregunto qué ocurriría si se llegan algún día a mezclar mis dos mundos. A lo mejor llegaba el apocalipsis y todo.