Es curioso como el ser humano se acostumbra rápidamente a entornos que le son cómodos. Es a la hora de cambiar ese estado de comodidad y placer cuando todo nuestro mundo se trastoca y nos cuesta horrores volver a ese entorno en el que no estamos tan cómodos y del que queremos huir en todo momento.

Ese cambio me está ocurriendo a mí estos días. He pasado mes y medio en un entorno idílico, con el mar a dos pasos, con un equipo excelente de personas que se convirtieron en mi familia a los pocos días y con un ambiente de bueno rollo y positivismo del que todos deberíamos disfrutar una vez al año. Ese entorno era el Campamento As Sinas donde he estado trabajando como monitor de tiempo libre hasta hace unos pocos días, ese entorno es el que dejo atrás y al que querría volver ahora mismo pero, lamentablemente, no puedo.

No puedo porque es algo idílico, es algo genial y bueno que tiene que acabar para que se pueda valorar y echar de menos como lo estoy haciendo ahora mismo. Ahora me toca volver a la Vida Real, esa vida en la que hay preocupaciones, problemas y gente que no te da abrazos cada vez que te ve. Esa vida en donde te levantas y no ves el mar, sólo un edificio gris que huele a hamburguesas diez horas al día.

Esa vida, ahora mismo, me parece una mierda. Y me lo seguirá pareciendo hasta que los recuerdos que he vivido este verano se vuelvan un poco difusos. Pero habrá que acostumbrarse y vivirla, porque los mundos idílicos sólo existen en pequeños paraísos y no pueden ser para siempre.