Normalmente cuando no llego tarde a casa al mediodía suelo tener momentos de lucidez e ir a comprar el pan a la Panadería Acuña que tengo al lado de casa. Vale que el pan cuando pasa más de medio día ya no está tan bueno, pero es uno de los mejores si lo compras fresco para comer a las pocas horas.

Siempre voy a esa panadería y siempre tiene algo de gente. Las amables dependientas son bastante eficaces y que haya gente no suele ser un problema, pero el otro día me vi envuelto en una situación cuando menos curiosa. Cuando entré a la panadería había varias personas esperando, como la cola llegaba casi a la puerta me puse en un lateral a esperar mi turno. Cuando le tocaba a la chica que estaba justo delante mía apareció de repente una señora, señoriña le llamamos por aquí a las de su tipo, dirigiéndose con paso firme al mostrador para soltarle a la dependienta en su perfecto gallego: “Dame la empanada que está a nombre de Maruxa” (nombre ficticio por supuesto). La dependienta se quedó mirándonos a la chica que iba delante y a mí durante dos microsegundos para ver si reaccionábamos ante la salvaje incursión al orden del turno para pedir el pan, pero como ninguno de los dos dijo nada, se puso a darle la empanada a la señora que pagó en un pis pas y se fue más feliz que una perdiz

Yo no soy de los que se callan ante estas cosas, pero tengo que reconocer que la señoriña me pilló tan desprevenido. Lo hizo tan rápido (parecía una profesional de esto) que no me dio tiempo a analizar la situación. Después de un breve momento de ira después de que la señoriña se fuera me acabé resignando y pensando que a esas edades es normal acabar perdiendo la poca educación cívica que te pudieron dar en casa.

En el lado positivo decir que me llevé una sonrisa de la chica que tenía delante al hacerle un comentario jocoso de la señoriña y al indicar a la dependienta que le tocaba a ella cuando intentó primero antenderme a mí. Algo es algo.