Los que me conocen saben que soy muy futbolero. De pequeño mi padre me solía llevar al Estado Municipal de Pasarón aquí en Pontevedra (todavía está en pie aunque reformado, por cierto) y veía los partidos de mi Pontevedra desde la grada de Preferencia. Bueno, decir que los veía es un decir, porque al principio, como todo niño, me acababa cansando y queriéndome ir antes que ver noventa minutos de un deporte que a mí me gustaba, a mi manera, jugar y no ver.

Aún así, esos viajes con mi padre infundieron en mi un espíritu futbolero que aún se mantiene. En la actualidad soy socio desde hace muchos años del Pontevedra C.F. y voy al estadio siempre que puedo (aunque ahora estamos realmente mal). Los fines de semana son días de poner la radio y escuchar el fútbol, el que sea, porque me gusta hacerlo, porque me gusta todo lo que hay alrededor de él.

Por muchas razones, los equipos que más simpatía me despiertan en primera división son los equipos vascos. Soy muy fan de la Real Sociedad y también mucho del Athletic Club. Me gusta su manera de ver las cosas, de hacer el fútbol y de vivirlo.

Todo lo que tengo de futbolero también lo tengo de maniático. No es que sea un perfeccionista ni que quiera todo a mi manera, pero hay cosas que hacen chirriar mucho mi cerebro. Y una es como suelen hablar del Athletic Club. Señores periodistas, comentaristas y expertos en el opio del pueblo, el equipo de Bilbao se llama Athletic Club, sin más. No tiene el prefijo “de Bilbao” ni nada por el estilo. Tiene esa ausencia del nombre de la ciudad porque en sus inicios se enfrentaba al Bilbao F.C., un equipo que acabó disolviéndose e integrándose en el Athletic a principios del Siglo XX.

Así que ya sabéis, si queréis hablar del equipo de Bilbao con propiedad llamadle Athletic Club. Si le ponéis el nombre de Bilbao en algún lado, habrá algún aficionado que te mirará mal, y con razón.