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Vivimos en un mundo en el que estamos permanentemente comunicados. Los smartphone nos han traído una forma de comunicarnos e informarnos que nos aleja, en muchas ocasiones, de lo que tenemos delante de nuestras narices. Los sonidos de Whatsapp, las notificaciones de Twitter o los mensajes de Facebook son parte de nuestro día a día y hemos tomado como algo normal estar hablando con alguien y que de repente se ponga a ver el teléfono mientras le hablamos.

Yo soy lo que suelen llamar un power user de las redes sociales y de la Web 2.0 en general. Utilizo mucho Twitter, actualizo mi Facebook cuando puedo y hago caso de los consejos de Foursquare cuando voy a un sitio nuevo. Mi iPhone, mis notificaciones y yo éramos inseparables… hasta hace unas semanas. Me di cuenta que tanta información, tanto estar pendiente de lo que ocurre en la red me estaba distrayendo de lo realmente importante. Así que hace casi un mes decidí desactivar todas las notificaciones de mi teléfono.

Había leído hace mucho eso de desconectar de la vida en la red y aunque nunca me pareció muy importante ahora tengo que decir que vivo mucho más tranquilo. Mi correo entra ahora cuando únicamente abro la aplicación, las menciones en Twitter no suenan y los mensajes en Facebook pueden esperar a que tenga un momento para mirar el iPhone.

Gracias a este cambio le doy mucha más importancia a lo que tengo delante. Sí, puede que si estoy disfrutando de un bello paisaje me pare a subirlo a Instagram, pero no me preocupo si alguien me comentó o alguien le da a “Me gusta”. Me limito a disfrutar lo que tengo delante, simple y llanamente. Ya no tengo el Twitter mencionándome cada dos por tres ni el Facebook diciéndome cuan popular es una foto que he colgado. ¿Y sabéis qué? No lo echo de menos.