Después de revisar mi colección de fotografías de arriba a abajo me he dado cuenta de que he perdido una gran foto. No era una foto normal, era una de esas fotos en las que piensas “oye, esta me ha salido muy bien” y eso, para alguien tan crítico con su propio trabajo como yo, es mucho. ¿Cómo ha pasado? Pues gracias a mi eterna manía de hacer espacio en el disco duro borrando las fotos que no aportan nada. Se ve que no puse bien la calificación de todas las fotos y borré sin mirar la que más me gustaba de ese fin de semana.

Fotografiar es capturar momentos. Momentos que rara vez se repiten y en los que tú has estado ahí para apretar el disparador. Ahora ese primer plano que he perdido está sólo en mi memoria. Y ahí se quedará, acompañado a la rabia de no poder compartirla ni poder verla una vez más.

Esta rabia se quedará unos días conmigo. Luego vendrá la pena por la pérdida para dejar paso a la aceptación de haberla perdido para siempre. Al menos esto me ha servido para darme cuenta de cuánto amo la fotografía y hacer fotos.

Y por supuesto. Una y no más Santo Tomás.