Desvaríos

Luces

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Mis veranos infantiles siempre giraron en torno a un pequeño pueblo cerca de Vilagarcía de Arousa llamado Cea. En él pasaba los tres meses de época estival con mis primos, abuelos y padres esporádicamente. Allí tenía lo que todo niño podría desear: una finca grande donde jugar al fútbol y tirarte cuando quisieras, unas calles vacías de coches que nos permitían hacer locuras con las bicicletas y un campo da festa que servía como centro de reunión para la pandilla del pueblo.

Porque yo tenía una pandilla en mi aldea. Pese a ser o da capital los chicos de Cea siempre me trataron como si fuera uno más. Aunque sabían que sólo estaba tres meses al año allí el estar con ellos era como estar con los amigos de toda la vida. Nos escapábamos con las bicicletas por cualquier lugar, jugábamos al fútbol día sí y día también, robábamos fruta, tirábamos piedras a los perros… vamos, toda actividad que hace un preadolescente cuando lo dejan suelto.

Verano es sinónimo de fiesta en Galicia. Da igual donde estés y lo que hagas, cerca tuya en algún momento habrá alguna festa. Y Cea no era una excepción. Pese a que la fiesta local era la más sonada en el pueblo, la que más nos gustaba a nosotros era otra, la de Castroagudín. Castroagudín era ese pueblo al que ibas en bicicleta para hacer un poco el gamberro, ver a las chicas y darte un baño en el embalse que había cerca. Una vez al año te quedabas allí más de veinte minutos para ir a la fiesta porque oye, aunque era mil veces pero que la tuya propia, ver a chicas diferentes siempre era interesante.

Un año como otro cualquiera a uno de la pandilla se le ocurrió que podríamos disfrazarnos de Santa Compaña y asustar a unas cuantas personas. A todos nos encantó la idea. La vuelta de Castroagudín a Cea se hacía por una carretera que no tenía prácticamente iluminación, así ese era el momento perfecto para dar un par de sustos a los vecinos. En aquel momento pareció una buena idea.

Caída noche cerrada y armados con unas cuantas mantas blancas, un par de luces, una cruz y un cubo de agua el grupo de cinco que éramos nos dedicamos a pasear por los caminos cercanos a la carretera intentando asustar a la más gente posible. Algunos aceleraban el paso, otros corrían y otros nos descubrían y acababan insultándonos. Tan divertido fue que sin darnos cuenta acabamos en la iglesia.

Muchos pensarán que a esas horas de la noche acabar en la iglesia del pueblo puede ser algo horripilante. En realidad no era así. En Galicia los temas de la muerte se llevan con mucha naturalidad y es habitual que pandillas de chavales (como la nuestra) jueguen alrededor de ella, ya sea saltando las tumbas aún colocadas en el suelo, escondiéndote en nichos o simplemente sentados junto al abuelo de alguno que se fue hace años.

Lo cierto es que la noche había sido tan larga y estábamos tan cansados que, en vez de volver por la habitual carretera, decidimos atajar por unas leiras (fincas) donde se plantaba maiz. Aunque ya nos habíamos cansado del disfraz seguíamos yendo en fila, como va la Santa Compaña según las historias populares. Nuestras linternas alumbraban nada más que nuestros pies y después de una jornada de idas y venidas comenzábamos a notar el frío de la noche de verano. No fue hasta casi la mitad del camino cuando el último de la fila llamó nuestra atención diciendo que miráramos rápidamente a la izquierda. Al principio, sabiendo la temática de la noche, no hicimos demasiado caso, pero viendo su insistencia el resto del grupo miramos a la vez a la izquierda.

Aunque estábamos en medio de un campo de maíz bien crecido a nuestra izquierda pudimos vislumbrar una hilera de luces, como una procesión. Eran seis luces tremendamente blancas y casi esféricas que se movían lentamente hacia adelante por un camino. Un camino que sabíamos a la perfección que no existía. El silencio reinó en el grupo y nos quedamos parados durante unos minutos que parecieron horas.

Normalmente tardaba diez minutos en llegar por el atajo de la iglesia a mi casa. Aquel día tardé dos.

No sabemos lo que vimos aquella noche pero creo que nadie quiere realmente averiguarlo.

La coladora profesional

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Normalmente cuando no llego tarde a casa al mediodía suelo tener momentos de lucidez e ir a comprar el pan a la Panadería Acuña que tengo al lado de casa. Vale que el pan cuando pasa más de medio día ya no está tan bueno, pero es uno de los mejores si lo compras fresco para comer a las pocas horas.

Siempre voy a esa panadería y siempre tiene algo de gente. Las amables dependientas son bastante eficaces y que haya gente no suele ser un problema, pero el otro día me vi envuelto en una situación cuando menos curiosa. Cuando entré a la panadería había varias personas esperando, como la cola llegaba casi a la puerta me puse en un lateral a esperar mi turno. Cuando le tocaba a la chica que estaba justo delante mía apareció de repente una señora, señoriña le llamamos por aquí a las de su tipo, dirigiéndose con paso firme al mostrador para soltarle a la dependienta en su perfecto gallego: “Dame la empanada que está a nombre de Maruxa” (nombre ficticio por supuesto). La dependienta se quedó mirándonos a la chica que iba delante y a mí durante dos microsegundos para ver si reaccionábamos ante la salvaje incursión al orden del turno para pedir el pan, pero como ninguno de los dos dijo nada, se puso a darle la empanada a la señora que pagó en un pis pas y se fue más feliz que una perdiz

Yo no soy de los que se callan ante estas cosas, pero tengo que reconocer que la señoriña me pilló tan desprevenido. Lo hizo tan rápido (parecía una profesional de esto) que no me dio tiempo a analizar la situación. Después de un breve momento de ira después de que la señoriña se fuera me acabé resignando y pensando que a esas edades es normal acabar perdiendo la poca educación cívica que te pudieron dar en casa.

En el lado positivo decir que me llevé una sonrisa de la chica que tenía delante al hacerle un comentario jocoso de la señoriña y al indicar a la dependienta que le tocaba a ella cuando intentó primero antenderme a mí. Algo es algo.

La procrastinación hace su entrada

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Esta camiseta me la podéis comprar en Threadless si queréis, mi talla es la L

Llega ya la época de exámenes de junio y ¿qué es lo que le viene a Manuel? Pues la procrastinación, es decir, ese sentimiento de que puedes dejar para otro día algo que tienes que hacer y hacer en ese momento acciones que nunca te ha apetecido pero que por alguna razón ahora sí que te apetecen.

¿Cuales son esas acciones? Pues a mí me han venido unas cuantas:

  • Ordenar la habitación (lleva así mil años, pero ahora quiero ordenarla)
  • Crear un nuevo diseño para este blog (la idea la tengo desde hace tiempo, pero ahora me viene la inspiración)
  • Ponerme a escribir una historia larga que tengo hace tiempo en mente (mi libreta de anotaciones está bastante llena ya)
  • Subir un personaje nuevo de World of Warcraft a nivel 80 (vale, esto no es útil, pero también me apetece)
  • Leer todos los libros que tengo pendientes (llevan cogiendo polvo unos cuantos meses)
  • Ordenar mis cajones, que no es lo mismo que ordenar mi habitación, ya que estos son un mundo paralelo de objetos inútiles y necesarios mezclados aleatoriamente.
  • Grabar el tomas falsas de Esto es Fútbol (tengo las grabaciones de toda la temporada, y podría haberlo empezado hace unas cuantas semanas)
  • Hacer listas estúpidas en mi blog sobre lo que me apetece hacer.

¿Y cuales son las vuestras? ¿O es que la procrastinación no os afecta?

Eres lo que comes

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Hace ya más de un mes que la época de navidades ya acabó, pero desde hace ya un mes tengo una idea que viene rondando la cabeza, sobre todo después de la última comida familiar que he tenido. Os explico, en mi familia por parte materna siempre ha sido “tradición” comer marisco en fiestas, ya sea en navidad como en algún cumpleaños señalado y cada vez que lo hacemos se escuchan diferentes declaraciones de diferentes personas de la familia como “pero mira que grande son las cigalas”, “a quien le diga que en navidades tomamos 6 clases de marisco…”, “si es que en otras casas solo toman un par de gambones y nada más, pero aqui…”. Lo más curioso fue la semana pasada, que fuimos a comer a un restaurante por el 88 cumpleaños de mi abuela (¡felicidades abuela!) y pedimos, como no, algo de marisco y salieron frases como “pero qué pequeñas son”, “no tienen ni sabor…” y cosas por el estilo. Estas actuaciones de los miembros de mi familia, y mía también que me contagio de la actitud supongo, me lleva a pensar que somos lo que comemos.

La frase no la referencio en plan el programa de Cuatro Soy lo que como, sino en plan de que cuanto mejor es lo que comes, parece que eres mejor socialmente. Parece que cuando vas fuera, o hablas con tus amigos o familiares tienes que dártelas de mucho (en este caso con el marisco) para que vean que perteneces a una familia bien, y que en tu casa en determinadas fechas no se come coliflor con bacalao, sino 6 clases de marisco.

Soñando diferente

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Siempre se dice que los sueños tienen algo que ver con nuestra realidad, que pueden reflejar nuestro estado de ánimo o que pueden, incluso, reflejar sentimientos y problemas que nosotros no somos conscientes de tenerlos. Yo soy de los que cree ese tipo de cosas, no creo en ningún dios pero sí creo que hay algunas fuerzas y hechos que se escapan a nuestro entender, y uno de ellos es nuestro cerebro. Es por esto y más que estoy intrigado por los sueños que estoy teniendo últimamente, y es que sueño en diferentes lenguas.

Todo empezó con un sueño en inglés, recuerdo estar hablando (ligando, dí la verdad) con unas chicas (rubias, como no) que eran inglesas o irlandesas y yo, macho que soy, las comprendía perfectamente y hablaba con ellas en inglés sin muchas dificultades. Después vino un sueño en el que hablaba únicamente en gallego, de estos ya tuve varios, ya que últimamente me muevo en ambientes galego-parlantes y es, dentro de lo que cabe, normal. Pero la sorpresa fue cuando soñé en francés. No recuerdo exactamente el sueño, pero tenía algo que ver con que era periodista y estaba cubriendo el Tour de Francia o algo por el estilo. Yo hablaba en el idioma galo sin problemas y la gente me entendía como si hubiera nacido en el mismo centro de París. Lo que me extrañó es que yo hace años que no practico el francés, lo estudié cinco años como tercera (cuarta si contamos el gallego) entre colegio e instituto pero al salir de él no volví a practicarlo demasiado.

Una vez un profesor del colegio me dijo que no se es realmente bilingüe hasta que se sueña en ese idioma. Podría chulearme y decir que soy cuatriligüe, pero no lo voy a hacer, porque hay tantas cosas que pueden explicar estos sueños que mejor no sacar conclusiones ¿o si?

In my mind

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A su izquierda podemos ver lo que ahora mismo está ocupando la cabeza de Manuls en vez de atender su blog

(los turistas giran su cabeza a la izquierda)

Se ven diferentes palabras, desordenadas, repetidas y alborotadas: Pontevedra, Domingo, Exámenes, Pontevedra, Jueves, ¡Vaya Tele!, Pontevedra, Exámenes, Jueves, Domingo, Córdoba.

Un chaval pregunta: ¿Y por qué no está la palabra sexo? ¿No es un tío acaso?
La guía responde: Esa palabra desapareció hace semanas de su cerebro… es un tío y no da para más.